LA HISTORIA DE LA CIENCIA
El conocimiento científico a través del tiempo
El físico sabe muy bien que lo que dice su teoría no lo hay en la realidad (...) El hombre de la calle trabaja sobre el plano real y describe fenómenos reales (aquellos que afectan directamente nuestra experiencia sensible o mesocosmos) mientras que el científico trabaja en un plano ideal donde describe fenómenos científicos (relativos al microcosmos y al macrocosmos) que tienen una correpondencia mucho menos estrecha con el mundo experiencial que conocemos. (...) El punto matemático, el triángulo geométrico, el átomo físico, no poseerían las exactas cualidades que poseen si no fuesen meras construcciones mentales. Ortega y Gasset (1964) El conocimiento científico a través del tiempo
Suele creerse que los científicos pioneros en alguna discipina son héroes solitarios, quizá incomprendidos por sus colegas. Esto es una verdad a medias, por lo general, estos científicos plasman y sistematizan especulaciones e ideas circulantes dentro de la comunidad científica.
En efecto, las revoluciones científcas suelen estar precedidas por un largo período de conflictos durante los cuales el paradigma tradicional es cuestionado porque diferentes incongruencias van haciéndose evidentes. Cuando una nueva teoría irrumpe para resolver las inconsistencias, esta suele ser bienvenida por una parte importante de la comunidad científica.
Esta página de divulgación aspira a resumir algunos hitos memorables de la historia de la ciencia, y rinde un modestísimo homenaje a todos los hombres que invirtieron e invierten su vida en explicar este maravilloso mundo.
El frigorífico es, quizá, el electrodoméstico que más asociado tenemos a la comodidad de los tiempos modernos. Podemos imaginarnos cocinando con carbón, calentándonos con hogueras, o iluminándonos a la luz de las velas, pero se nos hace muy difícil entender cómo podría ser la vida antes de este imprescindible aparato.
Y sin embargo, mucho antes de la invención del primer refrigerador artificial en 1755, o de la comercialización de las primeras neveras domésticas en 1927, ya se utilizaban mecanismos de refrigeración muy sofisticados. Los egipcios, los hindúes y otros pueblos se servían de vasijas de gres muy porosas, que llenaban de agua y tapaban con paja. Seguidamente empapaban la vasija con más agua, y dejaban que pasara toda una noche a la intemperie mientras un grupo de esclavos se dedicaba a abanicar el agua para potenciar su evaporación. En noches frías y secas podían conseguir que el agua contenida en la vasija de gres se congelara. Ya en la antigua Grecia se acumulaba nieve en el invierno que se comprimía en pozos para la formación de hielo, un sistema que se ha estado utilizando en la Península Ibérica hasta bien entrado el siglo XX, y del que quedan numerosos vestigios en forma de neveros, pozos de nieve, pous de glaç en zonas rurales catalanas, o elurzulos en el País Vasco. Incluso, en el Madrid del Siglo de Oro era habitual ver a los paseantes consumiendo helados y bebidas frías. Para fabricarlos se utilizaba nieve traída de la Sierra de Madrid, cuyo transporte se convirtió en un buen negocio. El traslado de grandes cantidades de hielo y nieve de las zonas frías a las cálidas se realizó desde los tiempos de la Roma clásica, en la que el hielo provenía de los Alpes, hasta el siglo XIX, en el que Suecia exportaba grandes bloques de agua congelada de sus lagos a numerosos países de América y Europa. Y, por supuesto, no debemos dejar de hablar del sistema de refrigeración español por antonomasia: el botijo ("vasija abultada de barro poroso", según el diccionario de la RAE). Se suele decir que no hay nada más simple que el mecanismo de un botijo. Vale. Pero, ¿cómo funciona un botijo? Para entenderlo, debemos hacer primero una aclaración importante. La palabra "calor", que a partir de ahora utilizaremos bastante a menudo, no tiene en ciencia el significado que le damos coloquialmente. En el lenguaje de la calle "calor" es sinónimo de alta temperatura. Sin embargo, en el lenguaje científico el calor es una propiedad que poseen todos los cuerpos debido al movimiento interno de las partículas que los componen. Cuando dos cuerpos se ponen en contacto, se produce una transferencia de calor del cuerpo que tiene una temperatura más alta al cuerpo que la tiene más baja, y como consecuencia, desciende la temperatura del primer cuerpo y aumenta la del segundo hasta llegar a una temperatura común. O lo que es lo mismo, las partículas del cuerpo con mayor temperatura "ceden" movimiento a las del otro. Cuando hablemos de calor, no nos referiremos por tanto a altas temperaturas, sino a esa transferencia de energía que se da entre dos cuerpos. Como hemos dicho, uno de los posibles efectos de transferir calor a un cuerpo es el aumento de su temperatura. Pero no es el único. También podemos producir un cambio de estado. Veámoslo con un ejemplo: si tenemos un cubito de hielo a una temperatura inicial de -5 ºC y lo colocamos encima de un radiador, haremos que el cubito aumente su temperatura hasta llegar a los 0 ºC. En ese punto el hielo empezará a fundirse, pero no seguirá aumentando su temperatura hasta que no esté completamente fundido, aunque hayamos seguido transfiriéndole calor desde la estufa. Sólo cuando el cambio de estado, de sólido a líquido, se haya completado, empezará de nuevo a aumentar la temperatura del agua, ahora ya en estado líquido. Todo el calor que hemos necesitado proporcionar al hielo para conseguir su fusión completa es lo que llamamos calor latente de fusión. Ocurrirá lo mismo si aumentamos la temperatura del agua hasta los 100 ºC, momento en el cual empezará a cambiar de fase, de líquido a gas. Tendremos que seguir proporcionando calor para que este cambio se complete, y vuelva a aumentar la temperatura del gas más allá de los 100 ºC. Por esta razón el agua hirviendo nunca está a más temperatura que 100 ºC, y un vaso de agua con hielo nunca bajará de los 0 ºC. Pero volvamos ahora a nuestro botijo. La clave de su funcionamiento es precisamente la porosidad del material con el que se construye. Para que un botijo funcione es necesario que una pequeña parte del agua que está en su interior sea exudada hacia el exterior (por este motivo no se ven botijos esmaltados). El agua que se encuentra en la superficie exterior del botijo se evapora con facilidad, pero, como hemos visto anteriormente, para producir este cambio de estado (de líquido a gas), es necesario aportar calor. ¿Y quién cede este calor? El agua que está dentro del botijo. Esta cesión provoca un descenso en la temperatura del interior de la vasija. Cuanto mayor sea la cantidad de agua que se evapora en el exterior del barro, mayor será la necesidad de calor, y más descenderá la temperatura del agua del interior. De ahí que los botijos que se colocan al sol mantengan el agua más fresca que los que se colocan a la sombra. Este mismo principio es el que utiliza nuestro cuerpo para mantener la temperatura constante. No es el sudor lo que nos refresca, es su evaporación sobre la piel lo que provoca que nuestro cuerpo ceda calor y descienda su temperatura. Los ventiladores no bajan la temperatura de la habitación, sino que aceleran la evaporación del sudor. Un siguiente paso para mejorar la capacidad de refrigeración por evaporación del agua es cambiar de líquido. Hay líquidos que requieren una mayor cantidad de calor para cambiar de estado o que se evaporan mucho más rápidamente y, por tanto, son mejores refrigerantes. Hagamos el siguiente experimento: introduzcamos sucesivamente la mano en un cuenco que contenga aceite, otro con agua caliente, un tercero con agua templada, y uno último con alcohol. ¿Con cuál de ellos notamos una mayor sensación de frescor al sacar la mano? En primer lugar con el alcohol que, aunque tiene un calor latente de vaporización menor que el del agua, sin embargo se evapora mucho más rápido a temperatura ambiente. Luego con el agua caliente, por la misma razón (se evapora más rápido que el agua templada), y por último con el aceite, que apenas se evapora. Una vez que hemos encontrado un buen líquido refrigerante, lo que debemos hacer si queremos seguir mejorando el mecanismo del botijo, es acelerar su evaporación. Los esclavos egipcios, los ventiladores, los abanicos... utilizan para ello una corriente de aire, pero hay un mecanismo mucho más efectivo: el vacío. Propongo un nuevo experimento. Introduzcamos 10 mililitros de alcohol en una jeringuilla de 60 mililitros (de las grandes), de forma que no quede nada de aire en su interior. Tapemos el extremo de la jeringuilla con el dedo y tiremos del émbolo hacia atrás, de modo que se produzca el vacío en el interior de la jeringuilla. Según vamos tirando podremos observar que en el alcohol se generan una serie de burbujas, como si estuviera en ebullición. Lo que está ocurriendo es que el alcohol se evapora rápidamente para llenar el vacío creado en forma de gas. Esta evaporación provoca un descenso en la temperatura de la jeringuilla, pero, al ser de plástico, no somos capaces de apreciarlo. En 1755, William Cullen, un médico escocés, realizó este mismo experimento a mayor escala, utilizando dietil éter como líquido refrigerante y una máquina de vacío en lugar de una jeringuilla. De esta manera consiguió producir hielo por primera vez en la Historia de una manera mecánica. De aquí a la invención del frigorífico no hay más que un paso, aunque tuvo que transcurrir más de un siglo para darlo debido a la influencia de la por entonces poderosa industria del hielo. Se trata de producir la evaporación acelerada de un líquido refrigerante de manera continua, y no en una sola vez, como en el experimento de William Cullen. Para ello un frigorífico moderno utiliza un circuito por el que va pasando el líquido/gas refrigerante a través de distintas fases. Unas partes de este circuito están en el interior de la nevera (las que enfrían), y otras están fuera (las que disipan el calor). De esta manera el calor que se capta dentro, se cede en el exterior. Vamos a ver el circuito paso por paso. La primera fase está formada por el compresor, un motor que comprime el gas refrigerante a altas presiones, provocando que aumente su temperatura. Este motor es el que produce el ruido característico de la nevera cuando está en funcionamiento. Una vez comprimido el gas se hace circular por el condensador, una tubería fina, en forma de eses, que los frigoríficos antiguos tenían situada en la parte trasera exterior. Su función es disipar el calor que posee el gas a alta presión que sale del condensador, y trasladarlo al aire de la habitación. Como consecuencia de esta cesión de calor, el gas refrigerante se licua, manteniéndose a alta presión. Este líquido a alta presión atraviesa seguidamente una válvula de expansión. Podemos imaginarnos esta válvula como un pequeño agujero, a un lado del cual se encuentra el líquido a alta presión, mientras que al otro lado la presión es mucho más baja (debido a que el compresor está absorbiendo el gas por el otro extremo). El efecto que se produce en el líquido al atravesar la válvula es el mismo que el que producíamos nosotros al tirar del émbolo de la jeringuilla, o que el que conseguía W. Cullen con la máquina de vacío: el refrigerante entra en ebullición y se vuelve a convertir en gas. Este cambio de estado tiene lugar ya en el interior de la nevera, en otra parte del circuito llamada evaporador, también en forma de eses. El calor necesario para que se produzca es cedido por el aire que hay en el interior del frigorífico, de manera que baja su temperatura, manteniendo los alimentos frescos. El gas refrigerante frío es absorbido de nuevo por el compresor, dando lugar a un nuevo ciclo: el gas se comprime y se calienta; ese calor es cedido al aire de la habitación, provocando que el gas se licue; después de atravesar la válvula de expansión el líquido se evapora, captando calor del interior de la nevera y bajando por tanto su temperatura; y vuelta a empezar... "cogiendo" calor del interior de la nevera y "soltándolo" en el exterior. Podemos comprobar que el aumento de la presión que produce el compresor tiene como efecto un aumento en la temperatura realizando un sencillo experimento: colocamos la palma de la mano a unos 2 centímetros de nuestra boca, y pronunciamos sucesivamente la letra "i" y la letra "o". ¿Qué observamos? Al decir la "i" sentimos frío en la mano, y al decir la "o" sentimos calor. Esto se debe a que para pronunciar esta última letra nuestras cuerdas vocales comprimen el aire que pasa por ellas, aumentando su temperatura. Pero lo vamos a entender todo mucho mejor si construimos nosotros mismos una nevera. Lo único que necesitaremos para este nuevo experimento es un globo largo, de los que se utilizan en globoflexia. Primero llenaremos el globo sólo con el aire que cabe dentro sin que llegue a inflarse, y lo ataremos bien para que no se escape el aire introducido. Con el fin de comprobar el funcionamiento de nuestra nevera vamos a utilizar como termómetro nuestros labios, que son la parte de nuestro cuerpo más sensible a los cambios de temperatura. Así pues, comprobaremos ahora la temperatura del globo. En la primera fase del ciclo debemos comprimir el aire del interior, y para ello tiraremos de los extremos del globo todo lo que podamos. Utilizando los labios podremos comprobar que el aire se ha calentado. Debemos dejar unos segundos para que el globo estirado vaya disipando el calor en el aire de la habitación. La siguiente fase es la de expansión, así pues devolveremos el globo a su longitud original, permitiendo que se expanda el aire de su interior. Tras acercar nuestros labios para medir la temperatura podremos comprobar que efectivamente el globo se ha enfriado. Acabamos de reproducir así el ciclo de compresión/disipación del calor, expansión/enfriamiento, que nos permite conservar los alimentos frescos y sanos dentro de nuestra nevera
EL METODO CIENTIFICO
El método científico (del griego: -meta = hacia, a lo largo- -odos = camino-; y del latín scientia = conocimiento; camino hacia el conocimiento) presenta diversas definiciones debido a la complejidad de una exactitud en su conceptualización: “Conjunto de pasos fijados de antemano por una disciplina con el fin de alcanzar conocimientos válidos mediante instrumentos confiables”, “secuencia estándar para formular y responder a una pregunta”, “pauta que permite a los investigadores ir desde el punto A hasta el punto Z con la confianza de obtener un conocimiento válido”. Así el método es un conjunto de pasos que trata de protegernos de la subjetividad en el conocimiento.
El método científico está sustentado por dos pilares fundamentales. El primero de ellos es la reproducibilidad, es decir, la capacidad de repetir un determinado experimento en cualquier lugar y por cualquier persona. Este pilar se basa, esencialmente, en la comunicación y publicidad de los resultados obtenidos. El segundo pilar es la falsabilidad. Es decir, que toda proposición científica tiene que ser susceptible de ser falsada (falsacionismo). Esto implica que se pueden diseñar experimentos que en el caso de dar resultados distintos a los predichos negarían la hipótesis puesta a prueba. La falsabilidad no es otra cosa que el modus tollendo tollens del método hipotético deductivo experimental. Según James B. Conant no existe un método científico. El científico usa métodos definitorios, métodos clasificatorios, métodos estadísticos, métodos hipotético-deductivos, procedimientos de medición, etcétera. Según esto, referirse a el método científico es referirse a este conjunto de tácticas empleadas para constituir el conocimiento, sujetas al devenir histórico, y que pueden ser otras en el futuro. Ello nos conduce tratar de sistematizar las distintas ramas dentro del campo del método científico
CIENCIA DE LA HISTORIA
Historia es una ciencia que que estudia los hechos eventos y fenomenos del hombre en el transcurso de la vida. Se basa en el conocimiento sobre un tema de valides universal organizados sistematicamente por un metodo.
hay varias ciencias que estudian a ll hombre como son la sociologia, la antropologia, la filosofia, la logica,etc. hay mas pero la que mas nos importa es la historia que lo estudia desde su razon y los hecos y logros mas importates que el realiza. la historia esta dentro de las ciencia factuales.
Jacques Sadoul. Historia de la ciencia ficción moderna
Publicado el 21 julio 2011 por KaplanLa publicación el pasado año de la "Teoría de la literatura de ciencia ficción", escrita por Fernando Ángel Moreno, me empujó a rebuscar en la zona de mis estanterias dedicada al ensayo, ya saben, por aquello de comparar. Encontré alguna cosa interesante, pero como casi siempre que hurgo en mi biblioteca en busca de algo determinado, mi atención acabó desviándose justo hacia el extremo contrario. No sé aún por qué, agarré entre mis manos la
"Historia de la ciencia ficción moderna", del francés Jacques Sadoul, leída hacía muchos años y ya casi olvidada, y me puse a ojear por encima las primeras páginas. Cuando me quise dar cuenta, estaba inmerso en la relectura de otro libro.Al decir que me desvié hacia el lado opuesto me refiero a que, mientras que el ensayo de Moreno plantea un estudio de la ciencia ficción desde la teoría literaria, acercándolo así al contexto de obras como las de Darko Suvin o Tzvetan Todorov, el ensayo escrito por Sadoul se centra más en el simple testimonio histórico, resumiendo todo componente crítico en la socorrida teoría del gusto. El libro del francés carece de rigor analítico, y sus sentencias parten siempre de un "me parece", un "se me antoja" o, envalentonado en algunos momentos, un "no es, sin duda, tan buena como". Podría decirse que, casi 40 años después de su publicación, esta obra se presta a ser leída bajo un gesto continuo de condescendencia debido a que el paso del tiempo ha convertido algunos de sus juicios de valor en, digámoslo finamente, poco profesionales.
Cierto es que, visto cuatro décadas después, Sadoul parece haber acertado al señalar muchas de las obras que luego pasarían a la posteridad, pero en la mayoría de casos se trata de novelas que ya llevaban años de recorrido y sobre las cuales los lustros pasados entre su publicación y el momento de la escritura de este ensayo ya habían comenzado a generar consenso. Cuanto más se acerca el libro a los 70, época en la que está escrito, es decir, cuanto más depende Sadoul de su propio criterio, menos lúcidos se tornan sus juicios de valor. Por poner un mero ejemplo, léanse los párrafos dedicados a Thomas M. Disch, por cuya obra confiesa "apenas sentir interés".
Pero si bien esta "Historia de la ciencia ficción moderna" no es una obra de enjundia en el sentido epistemológico, sí lo es en el historiográfico y, especialmente, en el sentimental. Tanto para quien quiera conocer los fundamentos y la evolución de la ciencia ficción norteamericana e inglesa escritas en los dos primeros tercios del pasado siglo, como para todo aquel conocedor que se quiera dar un baño de nostalgia asistiendo al nacimiento de las grandes historias que configuraron su juventud como lector, este libro supone uno de esos inconfesables placeres culpables.
Desde las dime novels y las Munsey Magazines al pulp, pasando por la Edad de Oro y la Edad Clásica hasta llegar a la new wave, Sadoul va haciendo un recorrido cronológico por la historia del género a partir de los relatos aparecidos en las diversas revistas publicadas en distintas décadas, dejando un espacio bastante menor para las novelas. Aunque prepondera la narrativa norteamericana, sobre todo (y lógicamente) en los comienzos del género, también hay sitio para la británica y, en las páginas finales, para la ciencia ficción realizada en Francia, en cuyas publicaciones se da un breve testimonio de autores europeos como Stanislaw Lem, Karel Capek o los hermanos Strugatski.
La historia de la ciencia ficción, contada por Sadoul, no pertenece sólo a sus autores, sino también, y muy especialmente, a los editores de aquellas revistas. En su opinión, estos son los auténticos ideólogos del género, y las revistas el sagrado receptáculo en el que se generó y medró la auténtica esencia de la ciencia ficción. Entre ellos, el francés reconoce la importancia de John W. Campbell Jr. (para mí capital), pero concede tanta o más importancia en el devenir del género a figuras fundamentales como F. Orlin Tremaine, precursor de Campbell en Astounding Stories; al legendario Hugo Gernsback, padre putativo del género en su Amazing Stories; a los responsables de la diversificación de los años 50, como Horace L. Gold, que en su función de director de la revista Galaxy disparó la calidad literaria del género, y, finalmente, a Michael Moorcock y su labor en la británica New Worlds, donde contribuyó a generar el movimiento conocido como new wave.
Los primeros capítulos del libro, que Sadoul dedica a glosar la génesis de la ciencia ficción norteamericana a traves de sus revistas, merecen el calificativo de entrañables. Los argumentos, que van desde lo naïf a lo directamente absurdo, contienen suficientes dosis de ingenuidad como para despertar la misma simpatía nostálgica que nos produce el asombro de un niño. Una plétora de autores recordados hoy casi exclusivamente por los incondicionales del pulp despliegan sus invenciones en el primer tercio del libro. Autores menos conocidos como Ray Cummings, o como Nat Schachner, por quien Sadoul muestra verdadera devoción, comparten espacio con nombres más populares, como el de Abraham Merritt, y con
auténticas leyendas del subgénero, como Edgard Rice Burroughs, H. P. Lovecraft o Robert E. Howard. E incluso con escritores de la magnitud de Jules Verne o H. G. Wells, cuyos relatos alimentaron las páginas de la mayoría de estas revistas durante años.Si la parte dedicada al pulp fascina por la ingenuidad y pureza de sus historias, la referencia a los relatos que inauguran la Edad de Oro en las revistas viene a ser, para todo lector bregado en el género, un maremoto de nostalgia difícil de contener. Número tras número, los autores importantes que construyeron la ciencia ficción tal como la conocemos comienzan a dar señales de vida a través de sus relatos, llegando a configurar en algunas entregas auténticas antologías irrepetibles tanto por su calidad como por la mera acumulación de grandes nombres. Imagínense la presencia de Isaac Asimov, Frederik Pohl, A. E. Van Vogt o Clifford D. Simak, por mencionar ejemplos evidentes, número tras número, todos ellos presentando sus nuevos relatos, aquellos que posteriormente, transformados por el método del fix-up, se convertirían en libros de prestigio. Fundación, Mercaderes del espacio, El mundo de los no-A, Ciudad... decenas de grandes series se gestaron en aquellos días, en aquellas revistas, capítulo a capítulo. Leyendo esta crónica y conociendo cada una de las obras que aparecieron en aquella década, uno comprende perfectamente la pertinencia del apelativo dorado con el que más tarde sería bautizado aquel periodo de tiempo.
El recorrido por los siguientes decenios incluye, además de los consabidos relatos aparecidos en las revistas (muchas de ellas de nuevo cuño, como la fundamental Galaxy), una importante novedad: la publicación de novelas de ciencia ficción, algunas creadas como reelaboración y recopilación de cuentos anteriores, otras a partir de textos inéditos. Entre los 50 y los 60, los grandes nombres del género dan a conocer sus principales obras, y nuevos autores van sumándose, gracias principalmente a sus novelas, al panteón del género. Hay sitio también para la descripción de otra suerte de acontecimientos, como el nacimiento de los premios Hugo en 1953, o como aquel que en 1968 enfrentó a gran parte de los escritores de ciencia ficción, unos contra otros, por su apoyo o rechazo a la participación de EE.UU. en el conflicto de Vietnam. El cruce de las decenas de firmas reclutadas por cada uno de los bandos fue publicado en algunas de las principales revistas, como Galaxy o The Magazine of Fantasy and Science Fiction.
La última parte del libro es, para mi gusto, la menos interesante. En primer lugar, porque a Sadoul se le nota bastante perdido en sus valoraciones de la new wave y sus autores (tómese esto, si lo anteriormente expuesto y las fotos de su presencia en pasadas convenciones, en las que alterna con los popes del género, no bastaran, como una nueva demostración de su preferencia por lo clásico), pero también porque el repaso a la ciencia ficción francesa que puede leerse al final de este ensayo carece, por propio desconocimiento y escasa presencia en nuestro pasado editorial, del atractivo que sí tiene la anglosajona. Aunque interesante, menos reconocible.
En conjunto, "Historia de la ciencia ficción moderna" es, por todo lo dicho, una obra apetecible, siempre que el lector tenga claro que lo que tiene entre las manos es un recorrido nostálgico por la principal ciencia ficción que pudo leerse en los dos primeros tercios del siglo pasado, y no un ejercicio de crítica literaria.

